Revista Almiar

Lapso en la revista Almiar

Para otros, el logro máximo puede tomar formas muy diversas: amasar una gran fortuna, alcanzar la fama, pasar a la eternidad… Y no es que sean malas aspiraciones, pero a mí me quedan grandes. Como tengo los pies en la tierra, me gusta calibrar mis expectativas de manera realista. Así que haber conseguido vender ya unos cuantos ejemplares fuera de los círculos habituales, y que los comentarios sean buenos, es para mí un exitazo.

Pero volver a la revista Almiar es diferente. No es tanto un logro, que se podría entender como algo que uno exhibe como un trofeo. Es mucho más que eso. Es casi regresar a los orígenes, y es también sentirse como en casa. Que una revista haya conseguido eso, es una categoría en sí misma. Almiar no es una revista. Lo es sólo en apariencia. Una vez que uno ha desentrañado dos o tres de sus páginas misteriosas, empieza a descifrar una realidad hecha de símbolos cotidianos, de honestidad, de principios y de valores. Almiar es una casa viva y con carácter donde viven, impredecibles y mutables, historias y palabras que fueron de poetas y escritores y ahora crecen por sí mismas. Esa casa tiene (tuvo siempre) alguien que te abre la puerta con amabilidad y su siempre sonrisa: Pedro Manuel Martínez Corada. Un tipo de carácter forjado por vivencias inolvidables, un escritor sencillo y profundo al tiempo, y desde el atrevimiento que dan las altas horas de la noche, un amigo en esto de las letras.

Pedro no sólo ha tenido la amabilidad de publicar un adelanto de Lapso en Almiar, sino que ha rescatado un par de colaboraciones primigenias que me han sacado una sonrisa de oreja a oreja. Curiosamente, eran dos relatos que acabaron, como Formas, configurando Lapso.

Así que quizá no me haga rico, ni famoso, ni eterno, pero puedo decir que Lapso está en uno de los lugares míticos que dan forma a mi nostalgia. Si eso no es un logro, no sé qué pueda ser.